La epidemia del adiós

A veces ocurre que las historias con las que crecimos en los cines se hacen realidad.

Las pequeñas historias de cambios que disfrutamos mientras nos tapamos con una manta un domingo por la tarde o un viernes noche también nos pueden pasar a nosotros. Y esa realidad y esa verdad suponen cambios que te hacen crecer. Todavía no sé si para bien o para mal pero te hacen crecer porque vives situaciones, experiencias e historias dignas de una de 35mm.

Y como en las propias películas todo termina, pero también todo empieza de nuevo. Cualquier cosa siempre puede empezar de nuevo.

Dejo atrás la casa donde viví los últimos 18 años, y la dejo para no volver a ella. Y lo difícil no es dejar lo material, lo difícil es no olvidar los recuerdos, las vivencias y los amigos.

Y supongo que la vida, o eso que llaman madurar, se siente cuando haces la maleta y empaquetas recuerdos mientras miras por la ventana la plaza donde pasabas jugando tardes enteras 18 años atrás. Meter una vida en cajas es, cuanto menos, muy duro.

Con esta entrada en el blog pretendo dar las gracias a todos aquellos que, recuerde o no en este momento, me ayudaron a crecer y a vivir. Aquellos que con lo bueno y lo malo que me hicieron pasar me enseñaron que en la vida hay mucho hijo/a de puta suelto pero que también hay grandes personas que valen la pena y que siempre, pase lo que pase, estarán ahí.

Para mí empieza el mes más duro, el mes lleno de despedidas, de “dramones”, de adiós de gente que volveré a ver a través de píxeles por Hangouts.

Asumir y adaptarse a los cambios es lo más duro de cambiar. Sentir que vives las cosas por última vez, sentir que pestañeas y cierras los ojos para aprovechar cada instante deseando no volver a abrirlos y seguir disfrutando, es una gran utopía porque la vida te obliga a volver a abrir los ojos, a ver que las cosas para que vayan bien, tienen que cambiar.

Da igual mi destino, en donde quiera que viva o vaya seguiré aprendiendo, cambiando y cometiendo errores pero siempre con la certeza y sabiduría que dan los fallos del pasado.

Atrás dejo un montón de decepciones, de gente que me ha fallado, que se ha aprovechado de mi, pero sobre todo de gente que me ha cuidado mucho, que me ha hecho feliz, que me ha apoyado y que juntos me han enseñado la palabra amistad en mayúsculas.

No le guardo rencor a nadie, me gustaría llevarme el cariño de algunas personas pero solo puedo meter en la maleta la indiferencia. Intentaré que no sea así y pondré el esfuerzo necesario para terminar una etapa con los mejores recuerdos posibles. El orgullo, al fin y al cabo, no deja de ser un lastre cuyo único interés no es si no el de uno mismo, y el egoísmo, amigos, nunca nos lleva a buen puerto. También puede ocurrir que de la maleta saque la indiferencia para dejarle sitio al tan temido olvido. El único que puede acertar el futuro es el tiempo, sabio y justo en sus decisiones.

En este post solo quiero agradecer a aquellos que han estado conmigo, a los que me han apoyado y a los que no también, que de todo lo malo se aprende (ya he dicho que no soy rencorosa). No hace falta dar nombres, cada uno sabrá donde sentirse identificado, para bien o mal. Hay que quedarse con las cosas buenas, con lo positivo, al final son las que quedan y de las que nos acordamos, por lo tanto hay que disfrutarlas mientras se pueda. Hablo de esas pequeñas cosas que hacen que la vida y los pequeños buenos momentos que vivamos valgan de verdad la pena.

Os voy a dar un último consejo antes de irme: no caigáis en la rutina y sentíos siempre libres, pero lo más importante,

VIVID.

La palabra “fin” solo tiene sentido en el cine, y aún así, muchas veces se incumple esa ley para imponer un esperanzador “to be continued…”.

No me quedo con el adiós ni con el fin, prefiero aferrarme a “to be continued…”.

Posted on 9 julio, 2014 in BLOG

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